Entrevista a Pedro Opeka

GENTILEZA Revista TERCER SECTOR

Radicado desde 1976 en Madagascar, en donde creó la organización Akamasoa (buenos amigos en malgache), el padre Pedro lucha contra la pobreza con un modelo basado en el trabajo, la educación y la disciplina. Candidato al Nobel de la Paz 2021, critica la falta de humanismo de la clase política.

Texto Silvina Oranges.

“Acepto su entrevista, aunque estoy muy ocupado con los miles de pobres que me rodean todos los días. Por ellos estoy aquí, para servirles y darles una mano.” Así arranca el diálogo virtual –vía mail, entre Buenos Aires y Madagascar– con el sacerdote argentino Pedro Opeka. “Mis respuestas las hice entre un problema y otro. Me es difícil encontrar un tiempo tranquilo para escribir”, dice el cura y deja sus definiciones y enseñanzas sobre la pobreza y su fórmula para combatirla en tierra africana.

–Recientemente se conoció su nominación al Premio Nobel de la Paz. ¿Cómo se enteró y cómo tomó la nominación? ¿Qué significa para usted?

–Me enteré por los medios de comunicación. Me sorprendió que la República de Eslovenia me haya presentado nuevamente a este prestigioso premio. Para mí significa que nuestro trabajo humanitario y de desarrollo en favor de los más pobres habla con fuerza sobre cómo un compromiso social que hemos hecho ha dado resultados y hay que protegerlo para que continúe, cueste lo que cueste. Esta obra de Akamasoa surgió de una rebelión frente a una gran injusticia que se ha hecho a los niños, a las mujeres y a los ancianos, totalmente abandonados. Por eso es un reto a los que se proclaman expertos en humanidad y desarrollo y que, con toda la inteligencia y todos los medios financieros enormes que disponen, no pueden hacer arrancar el desarrollo y disminuir la pobreza en el mundo.

–¿Cuál es la tarea pastoral que desarrolla en África? ¿Cómo logró insertarse en esa comunidad?

– Desde 1970 estoy trabajando en la isla de Madagascar y, desde el principio, mi misión fue acercarme a la gente, tratar de adaptarme a su estilo de vida, aprender su lengua, sus costumbres y su cultura. Todo era difícil de aprender, porque se trata de vivir una nueva vida. Quería ser amigo y hermano de este pueblo Malagasy, que me ha recibido con mucha amabilidad. Una vez que pudimos asentar la confianza mutua, entonces todo era posible. Mi trabajo pastoral es ocuparme de la gente más pobre, porque creo en el Evangelio y en el ejemplo de Jesús, que era el mejor amigo de los pobres y despreciados, y son ellos los que más necesitan respeto, reconocimiento y, también, viviendas y alimentos para poder trabajar y vivir dignamente.

– ¿Cuánto hace que se fue de la Argentina y qué sabe actualmente del país? ¿Qué piensa de los índices de pobreza aquí, siempre crecientes, y aún hoy, más en pandemia?

– Me fui de la Argentina el 20 de agosto de 1968 en barco rumbo a Madagascar, pero primero fui a estudiar dos años de filosofía en el país de mis padres, Eslovenia. Desde aquel entonces vivo fuera del país y sin muchas noticias de Argentina. Lamentablemente, en el cono sur de nuestro planeta no hay muchas noticias que se intercambian. Cuando dejé la Argentina había solo 3 por ciento de pobres. Hoy se habla de un índice de pobreza diez veces más grande. Todos deberíamos preguntarnos cómo hemos caído en este pozo de la pobreza con un país con tanta riqueza humana, en el campo y en el subsuelo. Todos los que han tenido responsabilidades en el Gobierno que se sucedieron deberían hacer un examen de conciencia y pedir perdón al pueblo argentino de haberlos hecho caer en esta trampa de la pobreza. En Argentina, nos faltaron políticos honestos, humanistas y visionarios y que tuvieran el coraje de arriesgar sus vidas por el bien común y por su pueblo.

–¿Cómo se vive la pandemia de coronavirus en África y las comunidades que usted conoce? En el mundo hay ahora una carrera y puja por obtener las vacunas, ¿se sabe cuándo recibirá vacunas su comunidad?

–Gracias a Dios, Madagascar es una isla, una vez que cerraron las fronteras, ya nadie pudo entrar en el país y así impedimos una gran epidemia en todo el territorio nacional. El coronavirus nos ha hecho mal, pero nada que ver con lo que han sufrido los países en América latina, los Estados Unidos y en Europa. Quizá tengamos unas defensas especiales frente a este virus. Sobre la vacuna, aquí en Madagascar, no se habla por el momento, porque piensan que tenemos un remedio natural a base de la planta artemisia para defendernos del coronavirus. En general, África recibe muy pocas vacunas, los pobres serán los últimos servidos. Así es la ley del más fuerte. En realidad estamos en las manos de Dios.