Navidad del consumo vs. Navidad del silencio

En esta época del año, a pesar del ruido comercial seguramente se genera en tu interior un sentimiento de amor. Parecería que nos volvemos más buenos, ¿no? Incluso estamos dispuestos a perdonar actitudes de parientes o amigos que nos ofendieron, y hablar bien de ellos. Miramos con compasión a personas solas o materialmente desfavorecidas, y hasta pensamos en participar en alguna iniciativa solidaria. Luego llega la Nochebuena, con fiesta familiar alegre, con buena comida y bebida, regalos, baile y luces de colores en el cielo. Un espíritu positivo de paz.

Y en realidad ¿qué festeja el mundo en la Navidad? Quizá sin percibirlo festejamos el cumpleaños de Jesús, que nació en la sencillez y la austeridad, en el insignificante pueblo de Belén. No es un relato poético, es un hecho histórico comprobado. Tanto así que los años los contamos antes o después de esa fecha. Ahora bien, resulta que ese bebé sería Dios que habria venido al mundo. ¿Para qué?

No lo dejes pasar otra vez. buscá un espacio de silencio. Vale la pena.

Este mismo recién nacido, treinta años después empezaría a explicar a la gente como vivir para alcanzar la felicidad. Una cosa de locos. Se hace uno de nosotros para decirnos “muchachos, para ser feliz hay que ir por acá; no se confundan, yo soy el GPS”. Entonces, además de la fiesta familiar, del arbolito y la música, estaría bueno buscar un poco por ese lado el sentido del festejo.


El creador nos hizo este regalo, no solo para los judíos o cristianos, sino para todos los hombres y mujeres de toda la historia, creyentes o no, buenos y no tanto, de toda etnia y color. Nadie queda al margen, nadie. Está disponible para cada persona, única e irrepetible, sea cual sea su condición o situación personal. Podrías pensar que vos estás lejos, en «otra» o quizá ocupado en cosas mas importantes.

No lo dejes pasar otra vez. Por lo menos, apartáte un poco del ruido y del consumismo, buscá un espacio de silencio, e intentá  replantearte el verdadero sentido de Navidad. Vale la pena

Por Ernesto Restelli